© Andrés Riveros / WWF Colombia

Manglares para la comunidad y el clima

Héroes anónimos de la naturaleza

Los manglares contribuyen de forma silenciosa pero significativa a la salud de nuestro planeta. Aunque ocupan una superficie relativamente pequeña, son uno de los ecosistemas más valiosos del planeta. Estos ecosistemas protegen a las comunidades que habitan en las costas frente a inundaciones y tormentas.  

Además, reducen la erosión costera y almacenan grandes cantidades de carbono (en promedio 462 millones de toneladas de CO₂, del cual el 90,2 % es almacenado en el suelo). 

También son hábitat para miles de especies, refugio de aves, reptiles, mamíferos, peces, crustáceos, moluscos, insectos y microorganismos. Y sostienen la pesca y la seguridad alimentaria de millones de personas. Se estima que sostienen cada año cerca de 800.000 millones de crías de peces e invertebrados, a nivel mundial. 

Los más altos del mundo están en Colombia

Manglar del pacífico colombiano. 
	© Andrés Riveros / WWF Colombia

Nuestro país tiene los manglares más altos del mundo, exactamente en Timbiquí, Cauca y Santa Bárbara de Iscuandé, Nariño. Además, es el decimoquinto país con mayor extensión de manglares en el planeta. 

Cuatro acciones en los manglares

El Proceso Manglares para la Comunidad y el Clima también abrió la posibilidad para que las acciones de restauración viajaran de costa a costa. Los procesos de restauración de manglares involucraron a siete organizaciones comunitarias, tres  Áreas Protegidas Nacionales de las regiones del Pacífico y el Caribe (Parque Nacional Natural Sanquianga, Parque Nacional Natural Isla de Salamanca y Santuario de Fauna y Flora Ciénaga Grande de Santa Marta) y dos autoridades ambientales regionales (Corponariño en el Pacífico y Corpoguajira en el Caribe), generando al mismo tiempo más de 5.000 jornadas laborales en el Caribe y fortaleciendo los medios de vida locales. 

Se restauraron un total de 225,82 hectáreas de manglar (aproximadamente 316 canchas de fútbol profesional) mediante procesos participativos, incluidas 65,26 hectáreas (aproximadamente 91 canchas de fútbol profesional) bajo enfoques climáticamente inteligentes. Estos resultados deben interpretarse no solo como hectáreas rehabilitadas, sino como pilares para la continuidad: participación comunitaria, generación de ingresos locales temporales, monitoreo participativo, acuerdos de mantenimiento y un mayor sentido de custodia local más allá del periodo de vigencia de la subvención. 

Durante el proceso Manglares para la comunidad y el clima, se identificaron comunidades que aprovechan la riqueza de los recursos de los manglares para fortalecer diferentes modelos de negocio, entre ellas Redefrío, la Cumbancha y Fedeconcha, tres Empresas Comunitarias de Conservación (ECC), que fortalecieron sus capacidades organizativas, operativas, ambientales, financieras y comerciales para sostener medios de vida basados en el ecosistema de manglar, con el apoyo de WWF. Estos ejemplos pueden entenderse no solo como un fortalecimiento empresarial, sino como prueba de que los medios de vida basados en el manglar pueden vincular la conservación, la trazabilidad, el monitoreo comunitario, la seguridad alimentaria y un acceso al mercado más sostenible. 

Un total de 85 miembros de las tres ECC participaron activamente en los procesos de fortalecimiento de capacidades. El caso de "La Red de Frío" Redefrío destaca como un ejemplo clave de fortalecimiento de capacidades impulsado por subvenciones: gracias al apoyo de WWF, seis meses de monitoreo en la planta de procesamiento generaron datos operativos críticos que sirvieron para fundamentar y perfeccionar el modelo de negocio, mejorando significativamente su solidez técnica y viabilidad financiera.   

En el proceso Manglares para la comunidad y el clima, se realizó un seguimiento y monitoreo a la actividad pesquera artesanal que realizan las comunidades del Pacífico colombiano; investigando la forma en la que las personas de diferentes comunidades consumen y comercializan las especies para fortalecer sus medios de vida. 

Se encontró que la gran mayoría depende de ella para los temas de seguridad alimentaria y los excedentes son comercializados.  Los pargos, atunes y merluzas son las principales especies de la zona norte, con desembarque en Bahía Solano; la sierra y la merluza se destacan para el centro del Pacífico con comercialización en Buenaventura y la sierra y los atunes para la zona sur, con Tumaco como principal puerto. Esta información servirá de insumo para el manejo pesquero por parte de las autoridades pesqueras.  

A través del proceso Manglares para la Comunidad y el Clima, WWF apoyó evaluaciones de vulnerabilidad y análisis y gestión de riesgo de tsunamis. Alrededor de 733 personas de ocho comunidades del municipio de Tumaco (Nariño, Pacífico Sur), han fortalecido sus capacidades para responder a las amenazas de tsunamis y cambio climático.  

Además, el proceso reforzó el liderazgo y las capacidades de cuatro organizaciones — Parques Nacionales (área protegida del DNMI Cabo Manglares), el consejo comunitario afrodescendiente de Bajo Mira y Frontera, la Dirección General Marítima (DIMAR) y la Alcaldía de Tumaco— mediante el desarrollo de análisis detallados de amenazas y vulnerabilidad, incluyendo mapas y rutas de evacuación, lo que mejoró su preparación técnica y operativa para la gestión del riesgo. WWF difundió los resultados y colaboró ​​con las comunidades para desarrollar y validar planes de respuesta. También distribuyó un total de 400 kits de emergencia para tsunamis en las ocho localidades, fortaleciendo la preparación comunitaria y la capacidad de respuesta ante amenazas costeras. 

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Restauración para el futuro: una nueva pedagogía ambiental

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Una raíz conecta a John con los manglares

 

Criado en el barrio Nueva Colombia de Buenaventura (Valle del Cauca), John tuvo la oportunidad de conocer la vida y las problemáticas que rodean las raíces de los manglares de esta zona del país, entre ellas, ver los residuos sólidos que llegan a estos por medio de los ríos o la tala que los amenaza.

Tras su ingresó a la Universidad del Pacífico, entre proyectos y conocimiento científico, conoció a los que llama sus mentores, Jorge Viveros y Héctor Tavera, hoy consultor de WWF en el proyecto Manglares para la Comunidad y el Clima.

Con ellos inició diferentes trabajos de caracterización de manglar en varias zonas de la región y, a su vez, tuvo la oportunidad de conocer y reconocer el legado de varias personas que han dedicado buena parte de su vida a cuidar y estudiar los ecosistemas marino-costeros. Entre esos, los procesos de monitoreo dentro de las experiencias de restauración de manglar, sobre todo en el Pacífico sur, en los Consejos Comunitarios de Gualmar, Playas Unidas, Esfuerzo Pescador y Río Sanquianga; espacios en los que el proyecto logró restaurar 55 hectáreas, con el apoyo comunitario y la vista puesta en la restauración climáticamente inteligente.

Estos aprendizajes, vividos directamente en terreno fueron determinantes para John. Gracias a ello, pudo continuar sembrando y monitoreando el crecimiento de los manglares y transmitiendo años de experiencia a las comunidades que comienzan este tipo de procesos.

El Proyecto Manglares para la Comunidad y el Clima también abrió la posibilidad para que los procesos de restauración viajaran de costa a costa. Dentro de estos intercambios de experiencias, John pudo conocer los manglares del Atlántico, descubrir las 164 hectáreas que el proyecto también ha restaurado en la Costa Caribe y conocer, de primera mano, un poco más acerca de otras experiencias con condiciones climáticas muy diferentes a las del Pacífico.

Actualmente John sigue trabajando para construir una nueva pedagogía ambiental, tema en el que realizó su especialización y su maestría. Una iniciativa que le permitirá seguir llevando un pedazo de ese Pacífico, su fuerte raíz en los ecosistemas de Buenaventura, a más y más personas que le apuestan a la restauración climáticamente inteligente como forma de cuidado.

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Emprendimiento: sostenibilidad y calidad de vida

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Yardleyda y su apoyo a los Consejos Comunitarios para nuevos modelos de negocio.

Yardleyda Ruiz Moreno nació en Quibdó, (Chocó) y recuerda con añoranza que lo mejor de aquellos días fue haber vivido una infancia tranquila, en un entorno que —a diferencia de muchas ciudades capitales— respiraba paz, hermandad y calma.

Con el tiempo se hicieron más grandes sus ganas de entender la forma en la que las comunidades del Pacífico colombiano fomentaban y sostenían su economía, cómo se desarrolla empresa e industria dentro de ellas y con sus condiciones particulares, entre las que se encuentra la riqueza en biodiversidad de la región.

Esto la llevó a estudiar economía en Medellín y a su regreso a Quibdó, una pregunta la acechaba: con tanta riqueza natural, ¿cómo se puede hacer y sostener industria que pueda aprovecharse sosteniblemente y mejorar la calidad de la población?

Fue en 2022, que gracias a sus conocimientos apoyó a los Consejos Comunitarios y a sus grupos de pescadores locales en un proceso relacionado con las buenas prácticas pesqueras. En este caso, desarrolló modelos de negocio con enfoque en el fortalecimiento de su cadena de valor y en la creación de pilotos comerciales para dar salida a estos productos pesqueros, por medio de alianzas comerciales que aseguren las buenas prácticas dentro de su actividad productiva.

Tras esta experiencia, llegó al proceso de Manglares para la comunidad y el clima, en el que se identificaron comunidades que aprovechan la riqueza de los recursos de los manglares para fortalecer sus modelos de negocio. Esto es muy importante porque facilita la integración del socio-ecosistema de manglar como parte de la cadena de valor, no solo de la actividad pesquera, sino para otras actividades productivas como el turismo ecológico.

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Una vida dedicada a compartir el conocimiento del monitoreo de pesca

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Cristina nutre una pasión con la sal del océano.

Si algo hemos aprendido del océano es la importancia de no quedarnos quietos. Y eso es algo que Cristina Pretel ha practicado. Fue en Juanchaco, la comunidad de la que hace parte, donde empezó a conocer la importancia de la pesca para las comunidades del Pacífico.

Por eso, hizo todo lo posible por estudiar biología marina. Sin embargo, los recursos económicos eran limitados y las posibilidades parecían reducirse. Pero fue perseverante y así obtuvo una beca de la Sociedad Portuaria para estudiar una tecnología en acuicultura.

Esto la ayudó a unirse al campo de la caracterización pesquera y enfocó su trabajo en el monitoreo de pesca, lo cual la llevó a combinar trabajo, estudio y desplazamientos representando un gran esfuerzo. Cristina lo resume con claridad: “Siempre me ha gustado trabajar y poder contribuirle a mi familia. Trataba de que no fuera una carga para ellos, sino poder sacar adelante mis estudios por mi cuenta. Y así fue”.

En 2024, obtuvo su título de zootecnista y por medio de una convocatoria del Consejo Comunitario de Juanchaco, empezó a trabajar en los procesos de Buenas Prácticas Pesqueras de WWF Colombia. Un año después se unió a Manglares para la Comunidad y el Clima, en donde también trabajaría en temas de monitoreo pesquero, investigando la forma en la que las personas de diferentes comunidades consumen y comercializan las larvas de peces para fortalecer sus medios de vida.

Su trabajo con pescadores no solo le permitió profundizar en la relación entre las especies y la vida de las comunidades costeras, sino que también le brindó los recursos y la motivación para continuar su formación, eligiendo una especialización como opción de grado. Una pasión que corre por sus venas y que se nutre, como su historia, de la sal del océano.

Los líderes comprometidos con el bienestar de las personas

Las enseñanzas que permitieron a Álvaro entender el territorio, el servicio y la responsabilidad colectiva.

La historia de Álvaro Rosero Sinisterra comenzó en la vereda Papayal Playa, en la zona 3 del Consejo Comunitario Bajo Mira y Frontera. Desde niño creció observando el ejemplo de liderazgo de su abuelo, Eufemio Sinisterra, reconocido como uno de los líderes históricos más importantes de la comunidad. Aquellas enseñanzas marcaron profundamente su forma de entender el territorio, el servicio y la responsabilidad colectiva. Mientras otros niños descubrían sus sueños, Juan aprendía que el trabajo por la comunidad era una tarea que se construía día a día.

Sus primeros pasos como líder surgieron a través del deporte. Organizó campeonatos y actividades de fútbol que reunían a jóvenes y familias de distintas veredas, creando espacios de encuentro y participación. Estas experiencias no solo fortalecieron los lazos comunitarios, sino que también le permitieron acercarse a los procesos organizativos del Consejo Comunitario Bajo Mira y Frontera, donde comenzó a entender la importancia de la representación y la toma de decisiones para el desarrollo del territorio.

En 2018, cuando tenía 19 años y cursaba estudios técnicos en producción agrícola, varios líderes comunitarios reconocieron su compromiso y potencial. Lo animaron a postularse para integrar la Junta de Gobierno del consejo comunitario. Con el respaldo de su familia y de los habitantes de su zona, Álvaro presentó su candidatura y logró ser elegido, convirtiéndose en parte de una nueva generación de líderes que buscaban fortalecer la gestión y la participación comunitaria.

Durante su paso por la junta asumió responsabilidades que le permitieron crecer como dirigente. Como secretario suplente, se convirtió en un puente entre las comunidades, las organizaciones aliadas y las instituciones que trabajaban en el territorio. Participó en iniciativas relacionadas con la conservación de los manglares, el fortalecimiento de las comunidades negras y la articulación de proyectos que buscaban mejorar las condiciones de vida de la población. Cada experiencia amplió su visión sobre los desafíos y oportunidades que enfrentaba su región.

Al finalizar su primer período, fue reelegido para continuar su labor durante tres años más. En total, dedicó seis años al servicio de la Junta de Gobierno, consolidándose como un líder comprometido con el bienestar colectivo. Su historia refleja la continuidad de un legado familiar, pero también la construcción de un camino propio basado en la convicción de que el desarrollo del territorio depende del trabajo conjunto, la organización comunitaria y el compromiso de quienes deciden servir a los demás.

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Una alianza por su conservación

La Global Mangrove Alliance es la principal alianza que reúne  ONGs, gobiernos, científicos, industria, comunidades y financiadores con un objetivo común de conservación y restauración de los ecosistemas de manglares, que surge en la Cumbre Mundial de los Océanos 2018. 

Está compuesta por más de 100 organizaciones de más de 40 países y su propósito principal es aumentar la superficie mundial de manglares.  

Hoy el GMA facilita el intercambio de información, experiencia, oportunidades y financiación. A su vez gestiona estrategias de protección, sistemas de monitoreo y restauración ecológica, para ayudar a conservar y recuperar los ecosistemas de manglar. 

Asimismo, comparte y desarrolla mejores prácticas para la conservación y gestión de los manglares, basándose en la experiencia local e internacional.