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08 mayo 2019
Por Luis Germán Naranjo, director de conservación y gobernanza de WWF-Colombia
 
*Artículo publicado originalmente en sostenibilidad.semana.com

Cada año, por estas fechas, los medios reseñan las tristemente célebres matanzas de aves rapaces a su paso por el cañón del río Combeima en el Tolima. La cuaresma coincide con la temporada de retorno de los gavilanes alianchos y de Swainson, las llamadas “águilas cuaresmeras”. Luego de haber sobrevivido el difícil vuelo otoñal hacia el sur, estos depredadores pasaron los meses del verano austral en las pampas argentinas, en donde recuperaron fuerzas y renovaron su plumaje.
 
Ahora, mientras buscan las corrientes térmicas en los pasos de las cordilleras en ruta hacia el istmo de Panamá y luego hacia las áreas de reproducción en el nordeste de los Estados Unidos y Canadá, muchas encuentran la muerte a manos de quienes creen que su carne es medicinal o simplemente consideran que son animales dañinos de los que es mejor librarse. Creencias y convicciones erróneas, que desconocen la verdadera magia que se esconde en los viajes periódicos de estas y muchas otras aves.
 
Mientras las nubes de gavilanes surcan los cielos sobre los profundos valles interandinos, una multitud de pájaros canoros, estrenando plumaje nupcial, también viaja hacia el norte. Zorzales, reinitas, abejeros, pibíes, degollados y siriríes norteños, acaban de dejar los bosques andinos y los cafetales en donde pasaron los largos meses del invierno boreal y siguen ahora, con prisa, las rutas que les dictan sus genes. Es primavera en el norte y quedan unos pocos meses para aparearse, anidar, sacar adelante los polluelos y emprender de nuevo el viaje hacia los pródigos bosques del neotrópico.
 
Desde hace varias semanas, enormes bandadas de chorlos, zarapitos, andarríos, gaviotas y gaviotines iniciaron también la larga travesía desde las costas suramericanas hacia la tundra ártica y las zarcetas, los barraquetes y los rascones han dejado los pantanos y humedales de los llanos y del Caribe para viajar hacia la contraparte de estos ecosistemas en el medio oeste norteamericano. La energía almacenada en la grasa corporal de estas aves durante meses dedicados al forrajeo intensivo, es el combustible que hará posible el milagro de su viaje de retorno al norte.
 
A lo largo de milenios, estos viajes extraordinarios se han repetido sin cesar siguiendo el curso de las estaciones. Con ellos, los flujos de materia y energía trascienden los límites espaciales de los hábitats de reproducción y de invernada de cada especie, pues el aprovechamiento de fuentes de alimento a lo largo de sus rutas establece eslabones de una red energética hemisférica.
 
Pero el traslado de nutrientes de un lugar a otro no es la única función ecológica que cumple el tránsito periódico de las especies migratorias. Al igual que los animales que permanecen todo el año en un solo hábitat, los residentes temporales ayudan a controlar poblaciones de distintos organismos en los hábitats que visitan y, al hacerlo, contribuyen a moldear la composición y estructura de las comunidades biológicas: las aves migratorias han sido y continúan siendo artífices del lento, pero inexorable, cambio de los ecosistemas de los cuales forman parte.
 
Este hecho fue señalado por Charles Darwin cuando destacó, en “El Origen de las especies”, la contribución involuntaria de los animales viajeros a la colonización vegetal de las islas oceánicas. El naturalista británico llevó a cabo numerosos experimentos para comprobar la capacidad de muchas semillas para sobrevivir a las vicisitudes del transporte accidental. Un trozo de barro seco, adherido a la pata de una perdiz, o el buche de algún pájaro canoro, pueden contener semillas que permanecen viables durante el tránsito transoceánico.
 
Y así como la traslocación de plantas por cuenta de las migraciones de las aves ayuda al establecimiento de relaciones entre organismos de orígenes geográficos distantes, pueden ocurrir algunas transferencias menos deseables a través del mismo mecanismo. El mercurio ingerido por un águila pescadora al comer un pez en el Amazonas puede, eventualmente, ir a parar a un humedal del Misisipi. Así como los pesticidas aplicados a un maizal de Iowa terminan en la cadena trófica de cualquier país latinoamericano cuando un atrapamoscas migratorio muere durante su invernada.
 
Así pues, las migraciones anuales de las aves borran los límites arbitrarios de la geografía humana y nos recuerdan que las conexiones de vida y muerte abarcan el planeta entero de formas insospechadas. Por eso las decisiones que se toman respecto al manejo de cualquier ecosistema deben considerar que, por aislado que éste parezca, en realidad tiene fronteras permeables y difusas a través de las cuales fluyen la materia y la energía.
 
Así las cosas, la preocupación por el futuro de los procesos ecológicos que enlazan geografías distantes no es un asunto puramente sentimental. La protección de las rapaces que migran a través de los valles interandinos, de los miles de pequeños pájaros que visitan cada año nuestros bosques y las grandes bandadas de aves acuáticas costeras y continentales no solamente tiene un efecto sobre nuestra biodiversidad: de su futuro depende también la integridad de los ecosistemas de todo el continente.
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