Expedición Guaviare | WWF
¿CÓMO SE VIVE UNA EXPEDICIÓN CIENTÍFICA?
© @camilodiazphotography / WWF Colombia

 

Durante dos semanas, en marzo de 2021, un grupo de 30 investigadores se embarcaron gracias a WWF Colombia, en un recorrido por el Río Guaviare para analizar el estado de los delfines de río y hacer la primera caracterización biológica de la región. Aquí les contamos qué implica una expedición como ésta y cómo fue posible justo en momentos de pandemia por el COVID-19.

Por eso, junto con la Fundación Omacha hicimos todo lo posible para sacar adelante expedición Guaviare 2021, siguiendo todos protocolos de seguridad que nos permitieran estar a salvo y no poner en riesgo a las comunidades por donde pasaríamos. Afortunadamente en el Guainía la incidencia del COVID 19 ha sido baja y el proceso de vacunación de sus habitantes avanza en la capital. Los 41 tripulantes nos hicimos la prueba antes del viaje y nos retiramos los tapabocas tras varios días de convivencia, que evidenciaron que no teníamos síntomas. El contacto con miembros de las comunidades fue escaso, limitado a funcionarios de la CDA y la Gobernación del Guainía y a distancia prudente para pedir los permisos para el muestreo en sus territorios.

Y tener esa tranquilidad era necesario, pues íbamos 34 expedicionarios en el primer piso de un barco de 30 metros de largo sin mucho espacio. No crean que pudimos tender hamacas y poner nuestras pertenencias en toda esa extensión. Resten 6 metros inclinados de la proa, y 7 metros del motor, un único baño y lavadero. Así que en 17 metros de largo por 5 de ancho, durante el día acomodábamos mesas de trabajo, y de noche, las retirábamos para colgar las hamacas. El segundo piso del barco era el espacio de cabina, cocina y camarotes de la tripulación.

© @camilodiazphotography / WWF Colombia

Ese espacio fue el campamento base para que exploráramos 410 km de río (más 410 de vuelta) y sus zonas aledañas. En el barco estábamos los representantes de la Gobernación del Guainía, CDA, Mesa Ramsar de la Estrella Fluvial Inírida, ACEFIN, Instituto Sinchi, Universidad del Tolima, Universidad de Ibagué, Universidad del Quindío, Proterra, Fundación Paisajes Rurales, Manakin Nature Tours, miembros de comunidades indígenas locales y por supuesto, WWF Colombia y Fundación Omacha.

Y tuvimos otro acompañante. Conan Santiago, un perro marinero de agua dulce, fue nuestra mascota en esta aventura, siempre dispuesto a dejarse consentir y pendiente de la llegada al final del día del lugar donde íbamos a atracar, para correr como loco por las playas que se forman en este periodo de aguas bajas, nadar en el río y molestar los nidos de las aves, ante los gritos de todos para evitar que matara a los polluelos.

 

Es mejor comer de todo y no poner problema, porque se cocina lo que se consigue en los cascos urbanos de donde se zarpa o las comunidades por donde se pasa. Además, hay que estar dispuesto a vivir en una alta humedad relativa del aire. A lavar ropa sabiendo que no se secará pronto, o como en mi caso, a quedar con ropa, colchoneta y carpa inundadas tras un aguacero de padre y señor mío. Craso error el no probar antes del viaje la impermeabilidad de la carpa. En la mitad de la noche me tocó retirar prenda tras prenda mojada para no resfriarme y terminé en posición fetal confinada a dos cuadritos de colchoneta que lograron no empaparse tanto.

Hay que estar dispuestos a hacer recorridos en lancha soportando insoladas o lavadas ante la caída de la lluvia en cualquier instante. En este viaje les tocó, sobre todo, el equipo de delfines, que no se movían del techo del barco desde las 6 de la mañana hasta bien entrada la tarde.

Ni hablar de los “acuamanes” del equipo de peces, ictiólogos que sumergidos en lagunas o a orillas del río permanecen con toda la ropa mojada hasta su regreso al barco. Es increíble que no terminen resfriados con el viento que golpea la lancha.

Sabemos que la mayor biomasa del planeta es de las plantas, pero en la expedición parecía que era de zancudos, jejenes y tábanos. Los más estoicos para aguantar el ataque frontal de estos insectos fueron quienes trabajan de noche al interior del bosque. Herpetólogos en busca de ranas, gekos, serpientes y otros reptiles y anfibios, y los mastozoológos que tienden redes de niebla en busca de murciélagos. Al interior del bosque la noche incrementa la nube de picotazos en cualquier del cuerpo, incluso sobre la ropa. Así que son necesarios manga larga y la chaqueta extra que bloquee la casi aguja hipodérmica de la “plaga”, como llaman en campo a los mosquitos y jejenes que tienen su pico de actividad al amanecer y al atardecer. Pero claro, tanta ropa en el cuerpo incrementa la sudoración y se llega menos picado, pero lavado en sudor. El plus: un mosquitero de cabeza que no pesa, y salva la cara de cientos de ronchas.

Pero en estas expediciones el trasteo de implementos de trabajo es enorme. Algunas cosas se envían por carga o se consiguen con tiempo suficiente en el casco urbano de donde se zarpa, en este caso, Inírida. Algunos ejemplos son las redes de pesca, mesas, sillas, en el caso de los ictiólogos, formol para conservar los peces colectados, pilas, bolsas, periódico, linternas, y como si esto fuera poco, camisetas y medias extras para auxiliar a cualquier necesitado que quede sin ropa seca en algún momento del viaje.

La buena actitud y las risas fueron constantes, sin importar el trabajo entre el fuerte y constante sonido del motor del barco, el poco sueño, las caminatas largas, las picadas de zancudos, el ardor en la piel por las insoladas y las mojadas. Y es que cualquier incomodidad la pagamos con gusto como justo precio por algunos minutos admirando el paisaje (que con la lista de cosas por trabajar, parecían lujosísima autoindulgencia), oyendo a los monos aulladores al amanecer, viendo las guacamayas cruzando el cielo o nadando un rato en el río. Para participar en una expedición científica hay que tener una buena stamina y efectivamente, ser de lavar y planchar. La última noche una fogata alumbró las reflexiones en las que todos coincidieron en haber conocido personas especiales de quienes aprendieron y se llevaron los mejores recuerdos. Todos tenemos la ilusión de que lo que arroje el procesamiento de las muestras colectadas por primera vez en esta región sea un gran aporte al conocimiento del estado de sus ecosistemas y especies para su salvaguarda. Guainía y el río Guaviare, paraíso aún en una Colombia que tuvimos siempre presente y ondeando en la bandera de la proa de la cubierta de nuestro barco, el Expreso Inírida, comandado por el capitán Gustavo Rivera a quien le estamos agradecidos, junto a su tripulación, por habernos traído sanos y salvos en tiempos de COVID- 19.

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