De guayacanes y relojes

Posted on 10 septiembre 2021

Por: Luis Germán Naranjo.
Como todos los años, agosto iluminó las avenidas de la ciudad con la explosión de color de los guayacanes y los gualandayes. Su floración simultánea tiene lugar en épocas en las que la cantidad de lluvia es mínima y para evitar la pérdida excesiva de humedad durante estos meses secos, los árboles mudan sus hojas, aumentando el despliegue colorido de sus flores. Al engalanarse, concentran la actividad de los insectos polinizadores ofreciéndoles, a cambio de sus servicios, una copiosa provisión de néctar.

Este fenómeno es un ejemplo de la alternancia estacional de etapas críticas de la historia natural de muchos microorganismos, hongos, plantas y animales, que son estudiadas por la fenología. Cada uno de dichos procesos es regulado por un reloj biológico que combina mecanismos genéticamente determinados y se ajusta gracias a la capacidad de estas especies para responder a señales ambientales que indican la proximidad de condiciones específicas en el estado del tiempo y, por lo tanto, de variaciones en la oferta temporal de recursos.

Una de estas señales, es el cambio en el fotoperíodo. A medida que la Tierra se desplaza alrededor del sol, el número de horas de luz varía poco a poco. Cuando los días se acortan, los seres vivos “saben” que el invierno se acerca, mientras que el incremento de las horas de luz les indica la proximidad del verano. En latitudes intertropicales, en donde el número de horas de luz varía muy poco a lo largo del año, los organismos utilizan otras claves ambientales para ajustar sus relojes biológicos. Algunos animales usan las variaciones de la temperatura, otros los cambios en la precipitación y distintas especies de árboles sincronizan su floración de acuerdo con el cambio paulatino de la hora del amanecer.

Al igual que otros procesos moldeados por la selección natural, el acoplamiento de los relojes biológicos con la regularidad de las estaciones ha sido posible debido a las ventajas que representa para los organismos en términos de supervivencia y, sobre todo, de éxito reproductivo. La predictibilidad de las condiciones climáticas distintivas de cada una de las estaciones se traduce en oportunidades específicas que animales y plantas aprovechan gracias a la precisión del ajuste temporal de los ritmos biológicos.

Así como los guayacanes florecen justo en la época del año en la cual es mucho más intensa la actividad de sus polinizadores y las aves migratorias de latitudes australes o boreales retornan a sus áreas de reproducción cuando en ellas abundan las fuentes de alimento, las tortugas charapas se congregan para desovar justo en la época en la que los playones de los ríos orinoquenses empiezan a quedar expuestos. A lo largo de milenios y con escasas excepciones, las distintas épocas del año han presentado un patrón repetitivo de retos y oportunidades para estas y muchas otras especies en los diferentes ecosistemas. La iteración regular de circunstancias ambientales ha hecho posible el desarrollo de mecanismos fenológicos precisos.

Los patrones climáticos se mantienen a través de largas épocas y cuando se reconfiguran, lo hacen lentamente, permitiendo que numerosas especies se adapten a las nuevas condiciones del ambiente. Cabe entonces preguntarse cuáles de tantos ejemplos maravillosos de sincronización fenológica serán capaces de responder a los retos impuestos por la velocidad a la cual se está operando el cambio contemporáneo del clima en la Tierra y cuantos de ellos perderán esta carrera contra el tiempo.

Sabemos que la cronología de la anidación en algunos pájaros boreales se ha adelantado varias semanas en el transcurso de las últimas décadas, aprovechando las condiciones benignas del comienzo acelerado de la primavera en algunas regiones. Como también nos hemos enterado de que, en años recientes, bandadas de patos migratorios han encontrado congelados los lagos y pantanos al regresar a sus áreas de reproducción. ¿Son estos ejemplos indicadores confiables de éxito o fracaso en la incesante lucha por mantenerse vivo en un entorno en permanente cambio?

Sin duda es arriesgado atreverse a responder esta pregunta. Pero cuando miro el tapete de flores amarillas, rosadas y lila que han tendido los aguaceros prematuros de agosto, después de desnudar a destiempo a gualandayes y guayacanes, no puedo evitar el estremecimiento de saber que soy testigo de un momento en el que se opera uno de los cambios más veloces y dramáticos en la historia de la Tierra. Un momento en el que los ecosistemas que han hecho posible la experiencia humana están cambiando para siempre, descuadrando la precisa relojería de los heraldos que marcaron, hasta ahora, el sempiterno paso de las estaciones.
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