Posted on septiembre, 04 2026
El liderazgo está representado en estas mujeres: Olga Silva, Regina Vélez, Susana Sandoval, Nilsa Yineth y Luz María Acosta. Foto: WWF Colombia.
Susana Sandoval García tiene 29 años y es indígena curripaco. Nilsa Yineth R. Sandoval tiene 28 y pertenece al pueblo puinave. Las dos comparten una historia: fueron las primeras mujeres en ser capitanas de sus comunidades, a orillas del río Inírida, en la Amazonia colombiana.
Durante generaciones, ese fue un papel reservado para los hombres. Ellos tomaban las decisiones y representaban a las comunidades. Ellas sostenían buena parte de la vida cotidiana: el cuidado de la familia, la alimentación, el conuco. Pero permanecían al margen del gobierno.
“Me dieron la responsabilidad de gobernar la comunidad de Santa Rosa. Es una responsabilidad muy grande”, cuenta Yineth. “El año pasado confiaron en mí. Depositaron sus votos y me eligieron capitana”, dice Susana. Las dos abrieron un camino.
En los últimos años también aprendieron otra forma de cuidar el territorio. Lo recorren, toman datos y con esa información toman decisiones para sus comunidades. Son monitoras comunitarias, un rol que las mujeres indígenas de la Estrella Fluvial de Inírida empezaron a ocupar luego de que, en 2014, este territorio fuera declarado como sitio ‘Ramsar’, una figura internacional de protección para humedales de importancia clave para la biodiversidad y el equilibrio climático.
El liderazgo fue una herencia
Susana creció entre líderes. Su padre, Misael Sandoval Clarín, fue fundador de la comunidad y capitán durante dos décadas. Su madre, Luz Marina García, es una de las mayores sabedoras de su pueblo: de la medicina tradicional, de la artesanía, de lo que sostiene la vida cotidiana. “Ahora tengo una gran responsabilidad: ser madre, ser esposa y autoridad de mi comunidad”, dice. “Asumir este cargo es como empezar a estudiar. Hay que aprender a administrar una comunidad, fortalecer los conocimientos tradicionales, saber dirigir a las personas, gestionar proyectos”.
De su padre también aprendió lo que significaba ser monitora comunitaria. Él le enseñó a recorrer el territorio con un GPS en las manos y los ojos puestos en cada detalle del bosque y del río. Con el tiempo también aprendió a recorrer el monte, orientarse y hasta salir de cacería, tareas que antes solo hacían los hombres. “Mi papá decía: ‘Ustedes tienen que mirar, apuntar y sacar los datos más importantes’”. Con él aprendió que cada planta y cada especie ocupa un lugar en el bosque y cumple una función. Tras la muerte de su padre, fue ella quien ocupó ese lugar.
Yineth, por su parte, llegó a la comunidad de Santa Rosa cuando tenía nueve años. En ese momento, su pueblo y las demás comunidades indígenas de la Estrella Fluvial de Inírida pasaban largas jornadas reunidas para decidir si aceptaban que su territorio fuera declarado Sitio Ramsar.
Ella escuchaba con especial atención a su tío Camilo Acosta, quien había sido capitán de Santa Rosa y hacía parte de la Mesa Ramsar, el espacio donde autoridades indígenas y comunidades campesinas de la Estrella Fluvial de Inírida se reunían para decidir sobre el manejo y el cuidado de su territorio. A los 15 años empezó a asistir a esas reuniones. Allí aprendió cómo se construían los acuerdos y cómo se tomaban las decisiones.
Proteger esa inmensa red de ríos, caños y bosques inundables ha significado aprender a conocerla mejor. Desde 2016, los monitores indígenas recorren el territorio registrando las capturas de peces y los cambios del bosque y del agua. Todo queda escrito en cuadernos y mapas y se complementa con los conocimientos de los mayores. Con los años, el monitoreo comunitario se convirtió en otra forma de gobernar el territorio.
Yineth fue una de las primeras mujeres de su comunidad en convertirse en monitora de pesca. Las mujeres llevaban toda la vida observando los peces que llegaban a la casa, limpiándolos y preparándolos para la mesa familiar. El monitoreo convirtió ese conocimiento cotidiano en información para cuidar el territorio. “Les he ido dando la confianza a otras mujeres de decir que no solamente los hombres pueden; las mujeres también. Medirlos, tallarlos, pesarlos... eso es algo que nosotras hacemos habitualmente. Lo que cambia es que ahora lo registramos en los formatos”, dice.
Llegaron más lideresas
Poco a poco, otras mujeres empezaron a sumarse. Así lo hizo Luz María Acosta Medina, indígena puinave de la comunidad de Santa Rosa. Si un día su esposo no sale a pescar, sale ella. Así ha sido desde los diez años. Su padre le enseñó a lanzar el guaral, manejar la vara y levantar las nasas. De niña también salía de noche con su mamá a capturar peces ornamentales. "Sacábamos cien, doscientos escalares alumbrando con linternas. Me encantaba". La cocina fue su otra escuela. Allí, al lado de la esposa de su abuelo, aprendió lo necesario para preparar el pescado en sopa de ajicero, moqueado o en yare.
Hoy, ese conocimiento también queda registrado en los formatos de monitoreo. "Las mujeres tienen más buena memoria", dice entre risas. Luego insiste: “Uno tiene que enseñarles a los hijos cómo se maneja esto. ¿Cómo vamos a hacer más adelante? Hay que recoger información para saber qué decisiones tomar”.
Está también la historia de Regina Vélez García, indígena puinave. Tenía siete años cuando su mamá empezó a llevarla al río, junto con sus cinco hermanas y un único hermano. “Tal vez para que nos defendiéramos”, dice. Allí aprendió a lanzar el rendal, el guaral y la vara. También a pescar con las manos, una práctica que todavía conserva cuando llega el verano y el agua baja. Hoy también sale en temporada de ornamentales. Captura escalares, gancho rojo y aguijones, una pesca que ayuda a sostener a sus seis hijos. Es madre soltera y, desde hace dos años y medio, monitora de pesca.
Cuando llegó a Sabanitas, todavía era raro ver a una mujer pescando. Confiesa que le daba pena que se burlaran, así que prefería salir al río al caer la noche. Con el tiempo dejó de esconderse. También cambió su manera de mirar el río. “Antes uno rompía las raíces donde viven los pescados. Ahora ya sabemos que esa es la casa de ellos”.
Y la historia de Olga Solange Silva Sánchez, indígena curripaco de la comunidad de Veraniego. Cuando su esposo, Rubén Darío Lorenzo, regresa del río con la pesca, ella lo espera con un cuaderno, una cinta métrica y una balanza. Registra la especie, la talla, el peso, si son machos o hembras y si llevan huevos. “Uno va viendo qué es lo que más da..., qué es lo que ya no hay. Por ejemplo, aquí las cuchas cada vez son menos”, dice.
Cuando empezó, en 2024, le costaba incluso responder una pregunta. “Me quedaba muda”, recuerda. Su padre, Miguel Silva, integrante de la Mesa Ramsar, fue quien la empujó a quedarse. “Usted tiene que mirar al frente. No mire a las personas. Cuando esté hablando, piense en su trabajo, en lo que usted sabe”. Hoy llena cada formato pensando en quienes vienen detrás. “Estamos cuidando para que los niños vean lo que hemos hecho y aprendan de nosotros”.
Durante generaciones, las mujeres sostuvieron la vida cotidiana de las comunidades. Hoy también sostienen decisiones sobre su futuro. Son capitanas, monitoras, pescadoras y guardianas de un conocimiento invaluable. “Antes la mujer solamente era del hogar, se dedicaba al hogar, a los hijos y al esposo. Hoy vemos que nosotras también podemos asumir otros cargos, ocupar otros papeles. El contexto ha cambiado”, dice Susana. Fue una de las primeras mujeres en gobernar Caño Sardina Bagre. Ahora quiere representar a muchas más comunidades de la Estrella Fluvial de Inírida.
‘Bengo Territorios para la Vida’ tiene como objetivo mejorar el bienestar de la población indígena a través de la gestión y protección del territorio, el fortalecimiento del autogobierno, y la defensa y promoción de iniciativas económicas sostenibles, en la Amazonía y parte de la Orinoquía de Colombia. Cuenta con el respaldo financiero del Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania y es implementado por Etnollano, CEMI, y WWF Colombia y Alemania.