'Tratar de no tumbar más': una familia cambia la coca por la paz

Posted on agosto, 12 2026

Deyanira es una mujer que decidió volver a tener una finca organizada solo para producir comida y tener tranquilidad. Así relata cómo cambió su mentalidad y cómo hoy trabaja por la conservación.

Deyanira vive en la vereda El Triunfo del municipio de Calamar en Caquetá. Foto: WWF Colombia.

Deyanira Agudelo Quintero, una mujer de 51 años, relata en primera persona cómo era su vida en Antioquia, por qué se fue a vivir al Guaviare, por qué pasó de cosechar plátano, yuca y maíz a cosechar coca, y cuáles fueron las razones por las que con su esposo decidió volver a tener una finca organizada solo para producir comida y tener tranquilidad. 

Actualmente, Deyanira y su familia hacen parte del proceso 'Áreas Protegidas y Paz. Comunidades fuertes, bosques sanos', participando en la estrategia de Planificación de Fincas para la Conservación y el Manejo de la Biodiversidad,

Vivo en la vereda El Triunfo y mi finca se llama La Frontera. Llegué a Calamar, Guaviare, con mi esposo y una hija de dos añitos hace 32 años. Tengo otras dos hijas que nacieron acá en Calamar. Nosotros llegamos de San Carlos, Antioquia, porque ya se había venido un hermano de él antes y fue por allá y lo convidó: que había oportunidades buenas de trabajar, “trabajo para usted, para ella”. Entonces, decidimos irnos buscando un mejor futuro y tratando de hacer algo. 

El trabajo en esos tiempos era más matador… era muy difícil. Yo entré a trabajar a una finca y trabajé nueve meses, y a usted le tocaba desde las tres de la mañana en pie, hasta las ocho, siete de la noche; muy duro. Y para ellos el jornal era muy mínimo. Trabajar de seis a cuatro de la tarde, pero lo que se ganaban no compensaba con el esfuerzo y el trabajo. Por ejemplo, yo trabajaba un mes y me ganaba $16.000 pesos. Mucho trabajo y muy poquito ingreso.  

El hermano le dijo: “allá se trabaja, se le paga mejor a la empleada al mes”, y era solo eso, cocinarles desayuno, almuerzo y la comida a los obreros. Acá no tenía uno que cuidar marranos, no tenía que hacer más nada. Entonces, para uno era más fácil el trabajo y para ese entonces yo me ganaba 40 mil pesos que, comparado con los 16 mil, siempre es mucho más. Y el jornal de ellos era lo que hicieran. Cuando les pagaban un contrato de una rastrojera o de hacer algo, pues se les pagaba bien, porque como son buenos trabajadores, ganaban bien, porque pues uno cuando cuadra un contrato, el patrón cuadra unos jornales y si uno se pone las pilas, así a uno le toque más durito, lo saca con menos tiempo y le va quedando más ingreso a uno. 

Los dos trabajamos en fincas, yo cocinando y él de trabajador, y ya al año decidimos lo que normalmente se llama fundarse. Un señor nos dijo: si ustedes quieren hacerse la tierrita propia, cojan de aquí para allá y trabajen. Entonces, cogimos un pedazo y empezamos a trabajar, y ya al año le dije a él: “ya no trabajo más, hagamos un rancho y me voy para allá”. Yo estaba muy enferma, porque los embarazos me dan muy duro, entonces le dije: “hagamos un ranchito y yo me quedo solita allá y usted trabaje. Usted se gana la comida en donde trabaja. Y para mí sola, pues como todo el tiempo que yo trabajé ahorré, entonces echamos una buena remesa y con eso yo puedo estar viviendo sola allá”, con mi primera hija de dos añitos. Él siguió trabajando y ahí nos fundamos, y ahí es en donde estamos hoy en día, hicimos una finquita y ahí la tenemos. 

Empezamos a cosechar maíz, yuca, plátano; sembramos un pedacito de potrero para aspirar a conseguirse una bestiecita, porque la salida para la compra del mercado siempre era muy dura, muy difícil el acceso por el camino, porque era trocha y pantano. Entonces, así empezamos. Con el ir pasando los años, ya ganando mejor, él ganando más bueno, ya empezamos con el hermano de él; tumbamos y empezamos a cultivar lo que todo el mundo hicimos acá, porque fuera una mentira decirle: no, nosotros tenemos la finca, pero nunca sembramos coca. La sembramos y ahí fuimos subiendo. 

Sobrevive uno y es riesgoso. Decir que uno se va a enriquecer como productor, no. La verdad no, sobrevive uno, sí. De pronto, sí con más comodidades que las que uno puede tener viviendo de un jornal, pero que riesgosa sí y que uno de ahí se va a tapar de plata, no. Y es riesgosa, porque lo puede coger el Ejército, porque pues para eso llegan unos, llegan otros y al final no sabe uno cuál fue el que llegó, simplemente la vendió y ya, y uno no sabe a quién se la vendió, pero uno la vende y eso son cuestiones de máximo veinte minutos y vuelve y uno se va, y uno no sabe más nada. 

Nos metimos a ese programa que salió del PNIS (Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos), que si uno arrancaba la coca nos daban unos incentivos de doce millones; luego, un ciclo de un monto de dinero poquito, para uno organizar una alimentación, con lo que me dieron pollo de engorde, la purina; y yo seguí trabajando. Como al arrancar todo nos lo regalaron, bueno, no tanto regalado, porque nosotros cambiamos la forma en la que vivíamos por lo que creíamos que nos iban a cumplir y no, esta es la fecha en la que no han terminado de pagarnos lo que se comprometieron a hacer, ellos nunca lo han terminado. Entonces, ahí fue cuando decidimos acabar la coca y empezamos a trabajar lo que es de ganado. 

Desde mi casa me enseñaron a trabajar la agricultura y él también es una persona a la que le fascina mucho eso, entonces nosotros nunca nos ha faltado la yuca, el plátano, nunca nos faltan los cerdos, las gallinas. Que, por decir, hoy no pudimos comprarnos la carne, no se va a varar uno, porque tiene los huevos o va y mata una gallina. 

Lo más bueno de vivir en donde vivimos es que desde hace un tiempo para acá el orden público estaba muy tranquilo, ahorita se alteró un poquito, pero gracias a Dios ahí va uno llevándola, sobreviviendo, y pues como uno se dedicó solamente a trabajar y no se mete con nada ni con nadie, uno siempre se hace a la idea de que ya se acostumbró ahí y ahí está, y ahí se vive bien. Y uno siempre aspirando y esperando que pueda ser como antes, que sigan en los Diálogos de Paz. Ojalá y Dios quiera eso se dé y pues ya sería mucho mejor y más tranquilidad para uno vivir. 

Uno sueña que ojalá sigan los Diálogos de Paz y que todo vuelva a ser tranquilo, ¿cierto? Y pues también uno sueña eso, porque ya uno ahorita con esta oportunidad de que salen tantos proyectos, llegan tantas entidades y le colaboran a uno, ya uno tiene la facilidad de soñar un poquito. 

Por lo menos ya nosotros, desde hace unos días para acá, veníamos pensando y hemos hablado con él, y él dijo: ya llevamos dos años sin tumbar, tratar de no tumbar más, dejar así y tratar de sobrevivir con lo que ya tenemos y con lo que hay… ya decidimos pararla ahí, tratar de descansar, porque eso usted tala y ya le toca que la cerca, que el alambre, que el trabajo, entonces ya estamos como un poquito agotados de trabajar así, la verdad. Tratar de sobrevivir con lo que tenemos, con la ayuda de Dios y con las entidades que van llegando y nos vayan ayudando. 

*Este proceso es apoyado por el Ministerio Federal de Medio Ambiente, Acción Climática, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear de Alemania a través de la iniciativa IKI y el Gobierno Suizo con apoyo de COSUDE.  

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