Posted on abril, 15 2026
Asproabelén y las comunidades de Tukunare y Lagarto La Cocha, hacen parte de las nueve asociaciones de cacao del Caquetá, Guaviare y Putumayo que participan en el proyecto ‘Cacao Amazónico y Paz’. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
En medio de la selva amazónica, a orillas del río Caucaya, Kerly Jhoana Macicaya cuida su chagra, un espacio en donde los pueblos indígenas, además de cultivar sus alimentos, preservan su cultura y sus saberes ancestrales.
Hace tres meses le designaron media hectárea y sembró cacao, plátano, limón, aguacate, caimo y guanábana. Ella, de 26 años e indígena Murui, vive en el resguardo de Tukunare junto con otras 30 familias, en el municipio de Puerto Leguízamo, Putumayo. Para Kerly y su familia, ver las plántulas es volver a las semillas, a la tierra y a la memoria.
Las familias adelantan la delimitación de sus chagras y el mapeo para el monitoreo de especies que se encuentran en la zona. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
Junto a la comunidad del resguardo de Tukunare se encuentran los indígenas de Lagarto Cocha, también de Putumayo. Unas 30 familias, de ambos resguardos, avanzan en la investigación del cacao criollo, hablando con los abuelos sobre lo que conocen del maraco amazónico. Además, adelantan la delimitación de sus chagras y el mapeo para el monitoreo de especies que se encuentran en la zona y que se beneficiarían de la conservación.
“Las mujeres participamos en las siembras y en los semilleros. Clasificamos las plantas para poder sembrar. Esto nos ha traído unión entre las mujeres para escoger las semillas, traerlas de otros lados. Nos apoyamos si alguna no tiene y así juntamos y sembramos en las chagras”, cuenta.
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Kerly habla con pasión del cuidado que tiene con las plantas: “Uno tiene que brindarles amor a las plantas, porque uno las mira tristes y uno llega y les habla. Les dice si necesitan agüita, por qué están tristes o les habla bonito. Uno anda por todo el sendero de la chagra y va mirándolas, las toca y las mira para saber por qué se están poniendo tristes”. Para la comunidad de Tukunare es la primera vez que cultivan cacao.
Para Kerly y su familia, ver las plántulas es volver a las semillas, a la tierra y a la memoria. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
Por su parte, Tein Cobette, de 36 años, explica cómo ha sido el trabajo de recoger el conocimiento ancestral sobre el cacao: “Nos hemos enfocado en los conceptos tradicionales y se ha tenido en cuenta el manejo del calendario ecológico. Escuchamos las narraciones y las historias que cuentan nuestros mayores para el manejo de todo el tema del territorio”.
Una de las tradiciones, describe Tein, es el baile de las frutas –Yuaki Muinai– para la mitigación de las plagas. También, están documentando las narraciones de los mayores sobre el manejo del cacao silvestre y de la maraca. “Conocer y recoger toda esa información es necesario para compartir esas experiencias con otras comunidades y fortalecer el conocimiento con las familias que son beneficiarias de este proyecto”, cuenta.
La chagra: conservación, conocimiento y despensa
Tein resalta que para la comunidad Murui es fundamental la conservación. “Acá no hay ganadería extensiva, nos hemos enfocado en conservar y reutilizar los suelos. Al instalar una chagra, estamos aprovechando los productos que sembramos y dejamos que el terreno se recupere nuevamente”, puntualiza.
Tein Cobbete cuenta que actualmente están documentando las narraciones de los mayores sobre el manejo del cacao silvestre y de la maraca. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
Carlos Alberto Garay Burbano, integrante del resguardo Lagarto Cocha, cuenta que las chagras son fuentes de conocimiento: “Para nosotros el cacao tiene toda una historia y de gran importancia. La chagra involucra el conocimiento de nosotros, es la despensa económica donde tenemos piña, yuca, caña, cacao, ñame, chontaduro, mandarina. Desde niño nos enseñan cómo es”. En Lagarto Cocha, las chagras tienen unos 6 a 7 meses.
El cacao significa vida: es como un dios
Juan Pablo, de 14 años, no se separa de su abuelo, Pablo Ome, ni un segundo. Lo sigue para ir a sembrar, para acompañarlo en las reuniones, para estar en los eventos de cacao. Siempre sonríe y camina entre los cacaotales buscando alguna mazorca de cacao cargada para compartir.
“Para mí el cacao significa vida, porque en la historia del cacao los dioses griegos decían que el cacao era vida. Para mí sigue siendo vida, porque sin el cacao no habría lo que tenemos en un desayuno colombiano: nuestro chocolate con queso y huevo revuelto”, dice Juan Pablo.
La historia de esta familia es también una apuesta colectiva. Buscan un relevo generacional. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
Y retoma las creencias que le ha mencionado su abuelo, Pablo Ome, de 61 años, representante legal de Asproabelén (Asociación de productores agroforestales alternativos de Belén de los Andaquíes): “Según lo que he escuchado de mi abuelo, el cacao anteriormente era de los indígenas y era como una moneda. Un grano de cacao era muy importante para ellos porque servía tanto como medicina como para el consumo”.
“Para mí el cacao es como un dios, que cuida la naturaleza, que nos protege, que cuando queremos salir adelante nos ayuda a tener un futuro y una producción que nos inspire a seguir con esto y no echarnos para atrás”, narra Juan Pablo mientras observa una de las plantas de cacao.
La historia de esta familia es también una apuesta colectiva. Pablo Emilio Ome, abuelo de Juan Pablo y Antonella y representante de Asproabelén, afirma que buscan un relevo generacional por eso ha insistido en involucrar a su familia: “Estamos motivando a los jóvenes para que hagan parte de este proceso. Les decimos a los jóvenes que estudien, que se preparen pero que regresen al campo para llevar esta labor importante con los cultivos de cacao”.
“El cultivo de cacao es un cultivo lícito que tiene la posibilidad de venderlo en el mercado. Los bancos y las entidades le prestan apoyo a uno y no hace un daño social a humanidad. Permite tener una solvencia económica y dejar un legado a las nuevas generaciones”, señala. Desde Asproabelén ofrecen chocolate de mesa y chocolatinas con frutos amazónicos. En la asociación comenzaron 18 productores y hoy son unas 54 familias.
La apuesta de las nueve asociaciones con las que trabaja WWF Colombia, siete de ellas campesinas y dos indígenas, es seguir apostándole al cacao como alternativa productiva. Foto: Endémica Studios y Camilo Castaño para WWF Colombia
Destaca que los cultivos de cacao traen unidad a las familias: “Mi núcleo familiar es muy pequeño, pero todos ponemos un granito de arena en el control de enfermedades, de plagas, de ir al cultivo, de coger las mazorcas de cacao y hacer la poscosecha”.
Pablo sueña con que su familia y la asociación logren tener un posicionamiento comercial a nivel nacional e internacional, con mejores precios: “El cultivo de cacao nos da la oportunidad de crecer. El precio está volviendo a subir y estamos convencidos de que vienen mejores temporadas”.
Cacao Amazónico y Paz
Asproabelén y las comunidades de Tukunare y Lagarto La Cocha, hacen parte de las nueve asociaciones de cacao del Caquetá, Guaviare y Putumayo que participan en el proyecto ‘Cacao Amazónico y Paz’*, una iniciativa que surgió como respuesta a los compromisos establecidos en el Acuerdo de Paz de 2016 entre el Gobierno colombiano y las Farc, para los puntos relacionados con la reforma rural integral y la solución a las drogas ilícitas.
Para Felipe Barney Arango, Especialista en Empresas Comunitarias de Conservación de WWF Colombia, al apostarle al cacao amazónico “se apoya la conservación del Amazonas. Ese es el mensaje superior, porque permite que las familias tengan un ingreso digno sin necesidad de abrir más bosque para potreros, ganadería, extracción de madera y otras actividades”.
La apuesta de las nueve asociaciones con las que trabaja WWF Colombia, siete de ellas campesinas y dos indígenas, es seguir apostándole al cacao como alternativa productiva. “En los territorios que estaban vinculados a temas de cultivo de uso ilícito, minería ilegal o extracción ilegal de madera, han visto que el cacao es una alternativa económica que les permite generar ingresos”, añade Felipe Barney.
“Es un cacao con unas características sensoriales superiores a las ofertas tradicionales. Un cacao que apoya y que conserva la selva amazónica y de paso ayuda a las familias indígenas y campesinas que la habitan”, recalca.
*Cacao Amazónico y Paz es un proceso que busca que 607 pequeños productores y 9 asociaciones produzcan cacao amazónico bajo prácticas agroecológicas, fortalezcan sus organizaciones, accedan a mercados diferenciados e incidan en cadenas de suministro libres de deforestación. Cuenta con el respaldo financiero del Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ) y es implementado por Alisos, WWF Colombia y WWF Alemania.