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Cordillera Real Oriental



Posted on 06 noviembre 2007  | 
El flanco este de la cordillera Real Oriental, que va desde el macizo colombiano hasta la depresión de Huancabamba, en el norte del Perú, ocupa más de nueve millones de hectáreas y circunda la gran cuenca amazónica. La topografía de esta puerta del Amazonas es muy escarpada, con grandes serranías separadas por profundos cañones, valles aluviales de montaña y nevados que custodian la divisoria de aguas. 

Esta región - 67% de cuya superficie corresponde al Ecuador, 21% al Perú y el resto a Colombia - estuvo custodiada durante siglos por pueblos indígenas ancestrales hasta la década de 1960, cuando las políticas de desarrollo y la dinámica social de los tres países abrieron frentes de colonización hacia la cuenca amazónica. Pese a ello, la cordillera Real es todavía una de las últimas grandes fronteras del avance de la modernidad en América del Sur: cerca del 70% de su superficie sigue cubierta por ecosistemas naturales poco perturbados. Situación que podría cambiar durante los próximos años.

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Fuente: WWF Colombia El flanco de la cordillera Real Oriental, que va desde el macizo colombiano hasta la depresion de Huancabamaba, en el norte del Perú, ocupa más de nueve millones de hectáreas y circunda la gran cuenca amazónica.

La cordillera se interpone a las masas de aire húmedo y caliente que llegan de la planicie amazónica. Y en la tarde, cuando el sol se dirige hacia el océano Pacífico, densos bancos de neblina son arrastrados hasta sus altas cumbres, en donde generan lluvias constantes y abundantes: algunos sectores de estas montañas tienen promedios anuales de precipitación superiores a los 5 mil milímetros.

Mucha de esta agua se acumula en los glaciares de nevados como el Cotopaxi, el Cayambe o el Chimborazo, en volcanes de la cordillera Real como el Sumaco y el Reventador, y en las numerosas lagunas de los páramos y bosques húmedos que los circundan. De allí se distribuye a una densa red hidrográfica que incluye ríos como el Caquetá, Putumayo, Pastaza, Napo, Ucayali, Santiago y Chinchipe.

Pero no sólo el abundante tránsito del agua, sino la historia geológica y biológica de esta vasta región es fascinante. Allí confluyen elementos biológicos de la planicie costera del Pacífico, de las montañas andinas y de la planicie amazónica. En la cordillera Real hay 21 regiones biogeográficas y 30 tipos de ecosistemas, desde páramos húmedos y bosques nublados hasta selvas de zonas bajas e incluso parches de zonas áridas en sectores de poca lluvia. En tal enorme variedad de paisajes vive la mayor riqueza de especies de los Andes del Norte, y quizá de toda Suramérica, en relación con su área. Aunque los inventarios son todavía incompletos, se conoce la existencia de más de 140 especies de anfibios (61 endémicas), 1.145 de aves (117 endémicas), más de 250 de mamíferos y 7 mil de plantas vasculares. En esta vertiente de los Andes se encuentran, además, los mayores bloques de hábitat continuo para animales emblemáticos y amenazados, como el oso andino y la danta de montaña.

Así como es un lugar de confluencia para miles de especies de flora y fauna, la cordillera Real Oriental también ha sido el punto de encuentro de civilizaciones indígenas amazónicas y andinas que han vivido dispersas a lo largo de este enorme territorio. Desde hace casi tres mil años, grupos indígenas como los kamëntsá, inga, cofán, quillacinga, sucumbíos, siona, koreguaje, witoto, muinane, kichwa, waorani, shuar, achuar y zápara, entre otros, consolidaron en estas montañas sistemas de organización muy elaborados y complejos lingüísticos de gran eficacia social, económica y ambiental.

A pesar de sus singularidades culturales, muchos de estos pueblos comparten su conocimiento de la diversidad de plantas medicinales y mágico-religiosas de estas montañas, alrededor de las cuales han construido sus sistemas de representación y cosmovisiones. Por ejemplo, desde el valle del Sibundoy en el extremo norte de la cordillera, hasta la cordillera del Cóndor en el sur, distintos pueblos fundamentan sus sistemas de conocimiento en su relación con el “bejuco del alma”, conocido alternativamente como yagé, ayahuasca o natem (Banisteriopsis caapi). Con el yagé los indígenas mantienen conexiones entre los mundos terrenal y espiritual, conocen el destino, permiten el paso del alma de un difunto a otro mundo, previenen los males y curan enfermedades. Con el bejuco del alma los médicos indígenas establecen contacto con los espíritus y leen las visiones producidas por las plantas, para mediar entre la amenaza de las fuerzas sobrenaturales y la comunidad.

Patrimonio amenazado

Aunque los inventarios son incompletos, se sabe que en la cordillera Real Oriental hay más de 140 especies de anfibios (61 endémicas), 1.145 de aves (117 endémicas), más de 250 mamíferos y 7 mil de plantas vasculares. Allí se encuentran los mayores bloques de hábitat continuo para especies en peligro como el oso andino y la danta de montaña.

Menos del 25% de la superficie de los ecosistemas originales de la cordillera Real está sometida a algún tipo de intervención, pero aun así los patrimonios biológico y cultural de la región están severamente amenazados. Desde la segunda mitad del siglo XX esta zona ha sido colonizada por comunidades indígenas y campesinas provenientes principalmente de las zonas andinas y costeras de los tres países. Tal migración ha sido motivada por concesiones forestales, petroleras y mineras, y en muchos casos por desplazamientos forzados de los lugares de origen.

Estas sucesivas oleadas colonizadoras han implicado la consabida expansión de la frontera agropecuaria, bajo nuevos patrones de tenencia de la tierra. Las consecuencias finales han sido la progresiva deforestación de las frágiles laderas de estas vertientes, la apertura de pasturas para sistemas ganaderos de muy poco rendimiento, la expansión de cultivos de uso ilícito como la coca y la amapola y, en general, la pérdida de soberanía alimentaria de los pueblos indígenas. Hoy se presentan conflictos importantes por el acceso a la tierra y a los recursos naturales.

El asunto no es para tomarlo a la ligera. La supervivencia cultural y el bienestar material de las poblaciones ancestrales de la región están estrechamente relacionados con la integridad de paisajes poco perturbados, aprovechados mediante sistemas tradicionales de producción rural y agroforestal, y que proporcionan elementos simbólicos y mágico-religiosos esenciales.

Muchas de las amenazas que hoy se ciernen sobre la cordillera Real son respuestas a la dinámica de los procesos de globalización e integración económica regional. En esta dinámica se incluyen, entre otros, dos ejes de la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), surgida de la reunión de doce presidentes suramericanos en Brasilia en septiembre de 2000, que afectan la integridad ecológica de la puerta del Amazonas.

En primer lugar, el Eje Andino contempla la articulación de la carretera Panamericana a lo largo de los Andes en Colombia y Ecuador, y la carretera Marginal de la Selva, que bordea la cordillera en los tres países. En segundo lugar, el Eje del Amazonas comprende un sistema multimodal de transporte que interconecta los puertos de Tumaco, Esmeraldas y Paita en el Pacífico (en Colombia, Ecuador y Perú, respectivamente), con puertos amazónicos, a través de más de 6 mil kilómetros de vías navegables en los ríos Huallaga, Marañón, Ucayali, Putumayo, Napo, Iça, Solimões y Amazonas. Si bien estos proyectos pueden permitir el acceso de productos locales a mercados regionales, su lógica se apoya en la explotación a gran escala de los recursos naturales, la cual compromete el mantenimiento de los atributos singulares de la región.

Estos procesos extractivos han formado parte de las agendas de desarrollo de Colombia, Ecuador y Perú durante las últimas cuatro décadas y han sido responsables de la mayoría de los procesos de deterioro material y cultural de la cordillera Real. La explotación petrolera en el piedemonte andino-amazónico de Colombia y Ecuador interrumpió importantes conexiones entre los ecosistemas de montaña y la planicie amazónica y fue responsable de la pérdida de territorios ancestrales de los pueblos cofán y waorani en las décadas de 1960 y 1970, impacto que sin duda habrá de expandirse a otros sectores y pueblos de la región con las nuevas concesiones petroleras.

Como si los proyectos de integración vial no fueran un peso suficiente, alrededor de 300 mil hectáreas de la cordillera del Cóndor han sido concesionadas a empresas mineras como BHP Billintong, Ecuacorriente y David Lowell, que pretenden explotar yacimientos de cobre, oro e iridio. Ubicados sobre todo en territorios ancestrales del pueblo shuar, el nuevo boom extractivo amenaza con alterar de forma irreversible estos espacios frágiles y la integridad cultural del pueblo shuar.

Buscando soluciones

La conservación sólo es viable en la medida en que sea compatible con las aspiraciones (sociales, culturales y económicas) de las comunidades locales.

Aunque las intervenciones estatales de los tres países para la conservación en la cordillera Real son relativamente recientes, una cuarta parte de esta área ya forma parte de los respectivos sistemas nacionales de áreas protegidas. Pero la conservación sólo es viable en la medida en que sea compatible con las aspiraciones (sociales, culturales y económicas) de las comunidades locales; ello es especialmente cierto en una región con la mencionada complejidad social, cultural, política y económica.

Muchos pueblos indígenas manejan sus territorios a través de planes de vida orientados hacia la conservación de sus recursos, la recuperación del patrimonio cultural, el mejoramiento de las capacidades locales para la gestión territorial y la búsqueda de la soberanía alimentaria. Este legado cultural ha permitido mantener los atributos ecológicos de la cordillera Real durante siglos y no puede ser ignorado. Por lo tanto, las normas propias para la gestión del territorio y el uso de los recursos naturales, y las propuestas de consolidación territorial indígena, deben ser elementos fundamentales de la planificación para la conservación.

La participación en la toma de decisiones acerca del territorio también debe abarcar a las comunidades campesinas no indígenas que han iniciado procesos colectivos encaminados a buscar soluciones pacíficas a los conflictos socioambientales de sus territorios, mejorar la sostenibilidad económica, social y ambiental de sus sistemas de producción, y desarrollar el conocimiento local acerca del manejo adecuado de los recursos naturales.

Tal participación en la toma de decisiones es particularmente relevante en lo que respecta a la implementación de proyectos de infraestructura y actividades extractivas a gran escala. El desarrollo de infraestructura como insumo esencial para la integración de los países en modelos de economía global, con frecuencia es llevado a cabo sin una adecuada consideración de sus costos socioambientales y sin consulta previa con los actores presentes en el territorio. La planificación acertada y la ejecución de estos grandes proyectos con los más altos estándares de eficiencia pueden reducir la magnitud y frecuencia de los impactos negativos sobre la integridad, la conectividad y la funcionalidad de los ecosistemas terrestres y acuáticos, y por lo tanto disminuir los factores de riesgo para el mantenimiento de las formas de vida de múltiples grupos indígenas, campesinos y pueblos dependientes de los bosques de la cordillera Real Oriental.

  • Luis Germán Naranjo es doctor en Ecología Evolutiva, docente, autor de decenas de libros y artículos científicos y miembro de los consejos directivos de distintas sociedades científicas. Director de Conservación Ecorregional de WWF Colombia. lgnaranjo@wwf.org.com

Publicado con autorización de la revista Ecuador Terra Incognita

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