Kennedy Caicedo, el renacimiento de un náufrago | WWF

Muchas frases e imágenes rondan en la cabeza de Kennedy Caicedo desde su naufragio el 9 de abril de 2008. “Hasta acá llegué compañero”, fue lo último que alcanzó a decir Luis, su amigo y colega de faena, quien ese día no contó con la suerte de volver con vida a su casa en Las Varas, un pueblo de pescadores en el municipio de Iscuandé, en el Pacífico nariñense. Su tez negra ébano da cuenta de su raza y de los casi 30 años que lleva bajo el sol, dedicado a la pesca en el corrientoso y marrón océano Pacífico, allí donde la vida comienza y termina todos los días.

 

 

La pesca es un trabajo duro, requiere de fuerza, sacrificio, valor, días enteros en altamar, aguantando lluvia y sol, hay que moverse, literalmente, como pez en el agua. Parece inconcebible la vida de un marinero que le tema al mar, sin embargo en las comunidades del Pacífico Sur colombiano, muchos pescadores no saben nadar y algunos escasamente se han metido al agua. Aun así, conocen muy bien todas sus ventajas y sus peligros. Kennedy es prueba de ello.

© Lucas Sempere

El día que naufragó lo recuerda con detalle. Aunque prefiere no tocar el tema, sabe que desde esa mañana, cuando la muerte lo abrazó hasta casi arrastrarlo consigo, tenía que cambiar de algún modo. Ese episodio no solo le dejaría un temor profundo hacia el mar, sino una responsabilidad por conservarlo. 

“Conservar este lugar es conservar la vida”

A sus 40 años, Kennedy es un líder indiscutible. Subraya cada palabra que sale de su boca con sus manos o con un gesto coordinado en su cara. No es fácil hacerlo sonreír, de hecho, sin conocerlo, puede parecer un poco hostil. Guarda cada sonrisa como municiones de guerra, pero cuando habla de su comunidad “esfuerzo pescador” es difícil ocultar la alegría que le genera saber que pronto será quien la lidere, pues según el voz a voz, Kennedy será su gobernador.

Su esposa Paola cree que Kennedy es un líder excepcional y junto con sus hijos Karina y Keller, saben que su prioridad es trabajar por la comunidad. Como pescador, ha liderado el intercambio de mallas no reglamentarias, que por el tamaño diminuto de su entramado, capturan los peces más jóvenes, por unas con “ojos” grandes que solo retiene los adultos. Este paso es esencial para dejarle tiempo de crecer a los camarones, los pargos, las corvinas y asegurarle un futuro a todos los que viven del mar.

© Lucas Sempere

El día que su bote se hundió en el mar, su familia lo dio por muerto. Cuentan que ya tenían el ataúd, el café y hasta los vecinos trajeron el pan para acompañar con comida la despedida del difunto. A punto de morir, y después de perder su compañero, hizo sus votos de arrepentimiento y las plegarias por quienes se quedaban sin él. No obstante, alguien lo encontró y ese día cuenta que de él “sólo murió la ambición”.

Su felicidad la describe como el momento en el que exista la equidad. Cuando se logre un desarrollo para todos, donde se respeten los derechos de los demás y se recupere la pesca. Antes, cuando su padre salía a pescar regresaba con una canasta repleta, tanto que no podía cargarla solo; ahora, difícilmente se llena.

Sabe que los tiempos han cambiado y que su responsabilidad como líder es trabajar y tomar medidas para conservar la naturaleza bajo el agua. Cuando recorre el territorio todos gritan “Kedeny”, o “Kenide”, pues rara vez alguien atina con su verdadero nombre, Kennedy, ese que su madre le puso en honor al asesinado presidente de Estados Unidos. Casi pierde la vida por lo que él llama “una mala decisión”, por eso, la segunda oportunidad que tuvo la ha dedicado a proteger las especies, la comida y la vida de su comunidad.

Por Ferney Díaz Castañeda

© Lucas Sempere

Porque juntos, todo es posible.

 


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