Beiker, un sabio de 23 años | WWF

Beiker no es una persona cualquiera. No tiene idea de por qué su abuela le puso ese nombre, pero sabe que es un rasgo que lo hace diferente. Vive en una reserva natural de 4.000 hectáreas desde hace cinco años. Tiene un hijo y se encarga de dos niños más del primer matrimonio de su esposa. Identifica a ojo cerrado hasta 30 especies de árboles y un número similar de animales. Para tener apenas 23 años, Beiker es un sabio.

 

Aunque pareciera mayor, conserva la maravillosa arrogancia juvenil de aquellos que tienen toda una vida por delante. Sus frases están cargadas de alusiones al futuro y con octavo de bachillerato hasta ahora, no duda un segundo de que su destino es ser biólogo, pues según dice “estudiar los animales es un trabajo que nunca tendrá fin”.

© Lucas Sempere

Tiene una sonrisa particular, bajo la cual oculta los nervios y la picardía de lo que dice. Nació en Paz de Ariporo (Casanare) y llegó a Puerto Carreño en Vichada a los 18 años. En aquel entonces Beiker era experto cazador, cuenta que el mercado en su casa sólo era sal, el resto venía de la cacería y la siembra. Aún habla con detalle de cómo su abuelo le enseñó a cargar desde niño una escopeta “fluver” calibre 22, a seguirle el rastro a los animales de la selva y a esperar con paciencia el momento ideal. “Siempre he sido aventajado”, asegura con gran convicción.

Esa destreza y ese conocimiento de la vida salvaje lo llevó muy pronto a aprender las labores que le encomendaron en Bojonawi, una reserva de la sociedad civil donde llegó por casualidad y se quedó sin pensarlo dos veces. Ahora ya no empuña la escopeta. Reforestar, poner cámaras trampa, recibir turistas y hasta capacitar estudiantes de colegio hacen parte de sus nuevas funciones. Maneja un jeep Land Rover rojo, modelo 73, el cual él mismo reparó. Aunque la cabrilla no es muy precisa y los frenos son perezosos, conduce el vehículo con su mirada de piloto experto y con tal seguridad, que aquellos detalles técnicos pasan desapercibidos.

© Lucas Sempere

Ester, su esposa, es su fiel escudera en su labor de conservación, de quien dice con ironía, en ocasiones se molesta cuando la deja varios días por el trabajo. Ella siempre le tiene una limonada a temperatura ambiente, pues no tienen nevera. Sin embargo, se la tomo de un tirón, como si fuera un refresco helado. Con 35 ºC, cualquier cosa es buena para calmar la sed.

Como cualquier joven de su edad, está cargado de sueños, pero como pocos, tiene claro el camino para cumplirlos “el que quiere alcanzar una meta tiene que trabajar y sufrirla”, asegura. Hoy dice que espera que sus hijos lo recuerden como alguien que pudo cambiar, trabajar y compartir lo que sabía. Cuenta que ha logrado explicarle incluso a los “gringos” temas de conservación. Espera que así como él se convirtió en un conservacionista activo, allá en Europa y en Colombia la gente cambie y mejore las cosas para “proteger lo poquito que nos queda”.

Sin tecnicismos ambientales, Beiker explica en detalle cómo la educación puede marcar la diferencia en el futuro del planeta: así como un árbol da frutos y reparte las semillas por el bosque que después forman nuevos árboles, así son las enseñanzas que siembra en los niños: 

“Sólo así, podrá regarse y multiplicarse el conocimiento sobre la importancia de cuidar la tierra que nos sostiene a todos”.

Por Ferney Díaz Castañeda

© Lucas Sempere

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