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Posted on
04 julio 2018
Por Luis Germán Naranjo, director de Conservación de WWF-Colombia* 
 
*Columa publicada originalmente en sostenibilidad.semana.com



Somos seres parlanchines y por eso sólo damos importancia real a aquellas cosas que logramos entretejer en la conversación interminable que constituye nuestra existencia.
 
En una de sus novelas, William Ospina dijo que “…sólo cuando se convierte en relato el mundo al fin parece comprensible". Aunque a primera vista parezca exagerada, esta afirmación describe una de las características más humanas más singulares. Somos seres parlanchines y por eso sólo damos importancia real a aquellas cosas que logramos entretejer en la conversación interminable que constituye nuestra existencia.
 
Pero ese proceso de integrar palabras a lo que hablamos y apropiarnos de su significado no es para nada sencillo, ni está exento de problemas en nuestra relación con los demás y con todo lo que nos rodea. Y un caso claro de estas dificultades es sin duda el de la forma como la sociedad contemporánea se expresa acerca de temas ambientales y de conservación.
 
En el afán de comunicarnos, habitualmente simplificamos nuestro léxico. Al hacerlo, permitimos a veces que la base conceptual que subyace nuestras interlocuciones se reduzca a lo más básico y no siempre a lo esencial. Así, por ejemplo, usamos como sinónimos términos tales como paisaje, ecosistema y territorio, de la misma manera que empleamos la palabra “exótico” para señalar un animal o planta muy extraño o hermoso.
 
En el primer caso, el uso indiferenciado de estos tres vocablos ignora distinciones importantes de escala, pues varios ecosistemas pueden formar parte de un paisaje o de un territorio, de la misma forma que un territorio puede abarcar más de un paisaje o estar contenido dentro de uno de ellos. Y la homologación de los tres términos desconoce además la importante connotación social y cultural del territorio, que por sí sola obliga a considerarlo como un ente espacial distinto a los demás.
 
La segunda precisión puede parecer trivial, pero no hacerla produce la pérdida de significados importantes. A pesar de que una acepción del adjetivo “exótico” en el diccionario señala la singularidad de un objeto, en el vocabulario ecológico denota un origen geográfico distinto al de la localidad en donde se encuentra un organismo. De esta forma, una planta o un animal no tiene nada de particular mientras se le encuentre en su lugar de origen, así su aspecto sea realmente peculiar. Por el contrario, la presencia extendida de especies exóticas – como el pasto kikuyo o la tilapia – por fuera de los ecosistemas que les son propios, debe ser motivo de alarma así ambos parezcan ser comunes y corrientes.
 
Otro problema frecuente del lenguaje ambiental contemporáneo es el de la proliferación de términos que se han puesto de moda como parte del limitado vocabulario que usamos a diario. Esto puede dar la impresión de que la sociedad está mucho mejor informada de estos asuntos, cuando en realidad el ciudadano promedio tiene apenas una vaga idea de lo que significan.
 
Términos como biodiversidad, cambio climático, mitigación, adaptación, resiliencia, integridad ecológica o determinantes ambientales se han vuelto de uso corriente en los últimos años, a pesar de que su comprensión es limitada para una inmensa mayoría. Y la sola ausencia de respuestas colectivas frente a los problemas que denotan estos neologismos debe hacernos pensar en la urgencia de ser más responsables en el uso del lenguaje.
 
Estamos metidos pues en una verdadera torre de Babel en materia ambiental, y es preciso buscar maneras para salirnos de ella. Por una parte, hay que incentivar el esfuerzo colectivo por ser conscientes de la forma como hablamos. Esta tarea debería empezar en los hogares, asumirse a conciencia en la educación formal a todos los niveles y convertirse en un hábito individual a lo largo de toda nuestra vida.
 
Un segundo abordaje de este problema debe hacerse desde quienes producimos información relacionada con el medio ambiente y la conservación. El significado de las palabras no es un asunto banal sino el sustento de las ideas con las que construimos la realidad y la dotamos de sentido. No se trata simplemente de simplificar el lenguaje como sugieren una y otra vez quienes trabajan en los medios de comunicación: es necesario llevar a cabo un proceso deliberado por tratar adecuadamente temas complejos y trascendentales que nos conciernen a todos.
 
Por último, es importante precisar que en esa totalidad están incluidos quienes toman decisiones acerca de la forma como manejamos la naturaleza. Hasta que las instancias responsables por estas tareas no se hayan apropiado debidamente de conceptos fundamentales en materias de conservación y manejo sustentable, no podremos esperar que su gestión se convierta al fin en un verdadero relato que dote de sentido al mundo.
 
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