‘Parquianos’: los guardianes de nuestra biodiversidad | WWF

‘Parquianos’: los guardianes de nuestra biodiversidad

Posted on
31 julio 2017
Así se denomina coloquialmente a los colombianos que dedican su vida a proteger los Parques Nacionales Naturales. Hoy, en el Día Mundial de los Guardaparques, celebramos la existencia de estos apasionados de la conservación.
 
Colombia tiene 59 parques nacionales naturales, y todos ellos están habitados por distintos profesionales que decidieron dedicar su vida a custodiar los recursos naturales que hacen de nuestro país el segundo más biodiverso del mundo. Se trata de hombres y mujeres que están siempre dispuestos a ayudar al visitante que, por ejemplo, se acerque a uno de los 20 parques con vocación turística. Asimismo, están prestos a trabajar con las comunidades indígenas, afrodescendientes o campesinas que vivan en las zonas aledañas al parque para que este esté protegido. O a vigilar que se cumplan las normas que han sido implantadas en cada territorio para preservar los ecosistemas. O, claro está, a enseñar a los citadinos la importancia de mantener en las mejores condiciones estos templos naturales.
 
Gracias al trabajo en WWF-Colombia realizamos en diferentes áreas protegidas del país, hemos podido conocer, cara a cara, a los juiciosos ‘parquianos’ y a los resultados de su trabajo generoso. Hemos convivido con ellos en sus casas y hemos conocido su cotidianidad y los sacrificios personales que deben hacer para desarrollar un trabajo que los separa temporalmente de sus familias. Estas son únicamente las historias de dos de los muchos quienes se internan en la Colombia profunda para mantener la armonía en estos territorios.
 
Henry Pinzón, director del Parque Nacional Natural Utría (Chocó)
 
Henry comparte su casa con otros ocho hombres y un par de mujeres. El lugar es un reflejo latente de la diversidad cultural colombiana. En uno de los lugares más hermosos del Chocó (no en vano las ballenas han escogido la ensenada de Utría para tener a sus crías) conviven costeños, chocoanos, paisas, caleños y el rolo: Henry. Él es el líder, el director hace aproximadamente un año. El día comienza con un desayuno que ellos mismos deben preparar con la dotación que les manda la central. En ocasiones, los funcionarios que están encargados de la vigilancia del parque deben salir en la madrugada para inspeccionar las áreas más críticas, así que a la hora en que los demás se están levantando ellos ya han finalizado su primera labor de la mañana.


© Mónica Diago / WWF-Colombia

 
Henry direcciona las labores del día y el grupo se dispersa hacía cada actividad. La experiencia que le ha dado su paso por diferentes parques lo hace un conocedor no solo de nuestra biodiversidad sino también de las relaciones interpersonales. Comenzó trabajando en Katíos, con la comunidad afrodescendiente cuando recién había terminado su carrera de agrónomo en la Universidad Nacional. Años después entró a Parques Nacionales Naturales, específicamente al parque Cordillera de los Picachos (Caquetá y Meta); después pasó a La Macarena y Tinigua (Meta), Sumapaz (Meta, Huila y Cundinamarca), Cahuinarí (Amazonía), Cocuy (Boyacá-Arauca) y finalmente llegó a Utría, en el Chocó. Su camino por regiones tan diversas del país le ha dado un conocimiento especial sobre las comunidades que lo habitan, además de sobre la riqueza natural de Colombia. “Este es un trabajo más social que de conservación”, comenta.
 
El mayor sacrificio que ha tenido que hacer es estar alejado de su familia. Cada vez que tiene descanso trata de viajar a Bogotá a visitarlos, pese a la logística compleja que demanda esta labor. Para salir de Utría debe tomar una lancha que lo lleve al corregimiento del Valle, un carro que lo traslade a Bahía Solano, un avión que lo transporte a Medellín y nuevamente un vuelo hacía Bogotá que lo deje en su casa.


 © Mónica Diago / WWF-Colombia

Lo que más valora del parque que custodia es la tranquilidad que siente en ese paraíso y el momento en el que puede ver a las ballenas tener a sus hijos en la ensenada, el patio de su casa.

 
Ingrid Sarmiento, operaria del Parque Nacional Natura La Macarena
 
Ingrid es una mujer temeraria. Excepto cuando se encuentra culebras ‘cuatro narices’ en la mitad de su camino. “Las veo, las dejo quietas y cambio de ruta, me dan miedo”, sostiene. Las serpientes hacen parte de su cotidianidad. Ingrid es operaria del Parque Nacional Natural La Macarena, el conocido territorio donde está el ‘río de los siete colores’. Su trabajo consiste en hacer prevención, vigilancia y control del parque. Esto significa que debe trasladarse todos los días a la zona (a pie o en moto hasta donde está permitido), soportar la inclemencia del sol o la lluvia, la intemperie y su variabilidad y recorrer varios kilómetros revisando que las normas del parque sean respetadas.
 

 © Mónica Diago / WWF-Colombia

La hora del almuerzo la puede sorprender en cualquier tramo de las 629.280 hectáreas que tiene La Macarena, así que Ingrid va preparada con su fiambre, su comida envuelta en hoja de plátano que consigue en el patio de su casa, en el pueblo. “Por lo general llevo arroz, pollo dorado, tajada de plátano maduro y nada más porque si le echo algo raro se pone agrio”, cuenta. Tiene 24 años, estudió guianza turística, contabilidad, finanzas y actualmente cursa Ingeniería ambiental de manera virtual.
 
Lo que más la motiva de su trabajo es el aprendizaje continuo que le ofrece Parques. “He tenido la oportunidad de conocer la cadena de valor del turismo, trabajamos temas de uso ocupación y tenencia, aprendemos a relacionarnos con distintas comunidades, entre otras cosas –explica–. A través de mi trabajo le estoy aportando a la conservación de los ecosistemas, le aporto a la naturaleza y eso es bellísimo”.
 
Como su colega, Henry Pinzón, también tiene que hacer sacrificios, representados en algunas jornadas de trabajo los fines de semana. Cuando tiene tiempo libre visita a su mamá que vive en la vereda La Esperanza (muy cerca de La Macarena) y le ayuda con las labores de la casa o cabalga por la tierra en la que nació, apreciando la majestuosidad de un departamento exuberante como el Meta.


 © Mónica Diago / WWF-Colombia

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